POESÍA: Severo Sarduy (Cuba 1947–1993)

ARTE: Rubén Silhy (ESA). ´Litoral´. Acrílico sobre tela. 2025.

P O E S Í A
Severo Sarduy (1937—1993)

Para los pájaros de la playa

Sentados
uno al otro muy juntos
en el largo pasillo abandonado,
hablan muy bajo
los viejos.
Y apenas miran
el monumento imperial
cuando la luz declina.

El pelo raído,
gris la ropa,
se abrazan
temblando de frío.
Pero ya lejanos,
desterrados de sí mismos,
memoria
donde sus dobles se reconocen
alertas.

Abrigo de piel rojiza,
pulcro sombrero,
va gesticulando sola;
abre grandes los brazos
para acoger
a un amante invisible
que apresurado vuelve.

La sacude
la energía siempre ajena
de la iluminación o la demencia.
Con la mano abierta
rehúsa un regalo,
sonríe, discute, saluda,
esboza un débil asombro.
Ha reanudado el diálogo
que un día tuvo
            con el espejo.

Con las vísceras sacadas,
con la lengua afuera,
con la boca pintada
de salmuera.

Con los párpados heridos,
con el sexo claveteado,
un coágulo sobre el rostro
pintarrajeado.

Con una cruz,
con una moneda,
con las líneas de la mano
cosidas en la lengua.

Con los ojos tapados
con los dedos cosidos,
con los pies lacerados.

Con una palabra grabada
en la boca herida;
con la tiza oscura.

Con el semen negro,
con el ojo en blanco,
la osamenta en llama:
                            locura.


◊     ◊     


I

Cerrar las formas
y, piedra por piedra, los muros
al ruido exterior
y, clausurados
reposarse en ellos.
Como el eco
de los cánticos
apagándose
en el silencio,
                el uno.


II

Se miraba los dedos,
algo tejía y destejía
solo en la camioneta azul.
Detestable manía
de cortarse las uñas,
calcular los impuestos
o leer las noticias
a la puerta del templo.
(Desde el bar de enfrente
se escucha el órgano
cuando la lluvia cesa).


III

Al vacío central
su movimiento
debe la rueda;
al blanco
su fulguración
el color.
Alguien tose en la plegaria,
pasa un pájaro:
                inconcebible silencio.


◊     

FELICIDAD

En el campo,
escuchando la lluvia nocturna,
la recia lluvia del otoño,
el viento de la costa siempre cercana.
Sin que pueda moverme en la cama
impedido
            por dos gatos.

Desechar la ropa.
Frotarse con alcohol las manos.
Lavarse el pelo.
No usar perfumes; baños de agua caliente,
yerbas.
Para expulsar así
de los poros
el olor de la muerte.

A la luz sin peso,
al día sin bordes
ni comienzo
los ojos voy a abrir.
Cesar del pensamiento,
substraída la imagen,
su brutal sucesión,
y hasta el deseo
—el último en partir,
el heredero—.
Pendiente abajo
hacia el no ser,
donde no se manifiesta
divinidad alguna
ni gama alguna del color.
Ni blanco.
Ni silencio.

Cerrar los ojos
a la luz, a toda imagen posible.
Observar en silencio
sin aprobación ni condena
cómo se desvanecen
asentimientos, recuerdos,
representaciones mentales,
obscuridades, afectos.

Burdo emblema del vacío,
permanecer en ese frágil cero
—ni siquiera el sentimiento
de una presencia otra—.

Adiestrarse a no ser.
Fusionar con eso.




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| Severo Sarduy (Cuba 1947- París 1993). Fue uno de los principales escritores cubanos del siglo xx, cultivó la novela, la poesía y el ensayo. Su obra narrativa está vinculada al neobarroco latinoamericano. 

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