LIBROS: Procesos del arte en El Salvador Siglo XX–XXI
L I B R O S
Historiografía seminal
» Procesos del arte en El Salvador Siglo XX–XXI
Fue por medio de mi amigo el artista plástico y crítico de arte Romeo Gilberto Osorio, que llegó casualmente a mis manos en San Francisco el texto que ahora me propongo comentar. Digo ‘texto’ a propósito, pues el original en mención aún no ha sido enteramente editado ni tampoco ha llegado a su formato final de libro para su distribución y venta comercial. Desde ya confío no obstante, que este último proceso será tan sólo una mera transacción técnica editorial, pues si nos remitimos al valioso contenido, éste expone de manera brillante y formal lo que sin lugar a dudas se convertirá en un esencial libro de referencia para las futuras generaciones de artistas salvadoreños, y, principalmente, documento obligatorio de estudio para los emergentes historiadores del arte salvadoreño.
No sería desacertado afirmar que muy pocos salvadoreños conocen el origen de lo que podría llamarse ‘arte formal’ (o clásico) en El Salvador. De la misma manera que sería difícil, aún para un estudioso o un practicante de la materia, trazar una cronología exacta de los procesos del arte en El Salvador y del desarrollo artístico de la pléyade de artistas que han laborado bajo difíciles condiciones de trabajo y, ya no se diga, de aceptación en el medio social salvadoreño, situación que aun prevalece en la actualidad.
Y es que hasta hace apenas una década atrás era monstruosamente difícil en El Salvador imaginar la tarea de investigar, organizar, verificar y editar (por primera vez en muchos casos) el resultado de tan vasto ensayo. Proyecto por demás necesario en el ámbito de la historia del arte del país centroamericano, ya que su objetivo primordial es constatar las vertientes estéticas de la experiencia salvadoreña en las artes plásticas, contemplada y analizada exhaustiva e históricamente, para así dejar un formidable documento donde se registren sistemáticamente los esfuerzos de varias generaciones de artistas, comenzando desde los orígenes autónomos de la historia patria, pasando minuciosamente por la modernidad y el siglo XX, hasta llegar a la desconcertante y críptica posmodernidad del mundo globalizado actual.
“Procesos del arte en El Salvador Siglo XX-XXI” es el magnífico fruto de investigación académica elaborado por la historiadora del arte Astrid Bahamond Panamá, profesional de reconocida y amplia trayectoria en el ámbito intelectual de El Salvador, y comisionado por la Asociación de Artistas Plásticos de El Salvador, ADAPES. En este ensayo, la autora ha llevado a cabo un cuidadoso y bien logrado documento que se adhiere a los más estrictos cánones de la historiografía del arte actual. Se desprende de la introducción la génesis de tan valioso documento, remontándose al año de 1999 cuando un grupo visionario de artistas en ADAPES tuvo la feliz y audaz idea de realizar un libro que recopilara los hechos más relevantes en los procesos del arte y del quehacer artístico de El Salvador.
Lo cierto es que la obra lograda es brillante en su ejecución y amplitud de visión, no obstante ciertas fallas de tipo editorial de las que adolece, que estoy seguro serán corregidas una vez el texto entre en su fase editorial final.
El libro se conceptúa estructuralmente a partir de una introducción de la autora en la cual se resume y comenta el objetivo central del ensayo: acercar al lector a la obra de los artistas salvadoreños que han protagonizado el desarrollo de las artes plásticas del siglo XX, matizado el producto a través de instancias y apartados donde se examinan movimientos estilísticos, generacionales y temáticos. Así, en palabras de su autora, ella afirma con propiedad: “Este ensayo se sustenta en un discurso guiado por la prevalencia de los fenómenos que definen los paradigmas de nuestra moderna cultura visual, evidenciados en los distintos lenguajes plásticos que materializan la búsqueda de un auto-conocimiento manifestado en mensajes artísticos que indagan en el pasado histórico y reafirman la identidad nacional”.
Es obvio entonces que el propósito explícito del ensayo es reflejar de modo oficial un documento sobre la historia de los procesos del arte salvadoreño, a partir de la independencia de España de la nación salvadoreña, con todas sus particularidades e idiosincrasias. En ese mismo texto de apertura se expresa que su contenido es el resultado de una minuciosa investigación realizada en diversidad de documentos históricos y de olvidadas referencias (ahora rescatadas), y de conversaciones con varios de los mismos artistas vivos contemplados dentro del ensayo.
Como ya ha sido observado, el libro parte desde el nacimiento de la República de El Salvador como nueva sociedad independiente, cuyas ambiciones demandan no sólo un comienzo político-económico, sino también una gestación estética que sirviera de contrapeso a las exigencias de la iglesia y sus enseñanzas bíblicas, y como una respuesta a la fastuosidad manierista del barroco europeo imperante durante la época. Así, la autora hace un minucioso recorrido de este desarrollo estético por El Salvador colonial, enmarcando el progreso del arte salvadoreño dentro de los movimientos dominantes de la época: el barroco, el neoclasicismo y la iconografía religiosa, manifestadas particularmente en la arquitectura pública urbanística donde además de la imaginería bíblica se aprecian tendencias eclécticas de orden dórico, jónico y corintio, acompañadas de imágenes extraídas de la mitología griega y latina. Asimismo, en su recorrido la autora documenta las figuras más relevantes del ámbito artístico de la época, tal es el caso del mitológico pintor Francisco Wenceslao Cisneros, cuyo talante y aportación al arte salvadoreño se dimensionan más nítidamente en el contexto de la historia de El Salvador del siglo XIX. En este mismo capítulo se documentan los primeros intentos de creación de centros artísticos de enseñanza, como la Escuela de Dibujo de 1811 y la Academia de Bellas Artes fundada en San Salvador en 1864 bajo la dirección del artista salvadoreño Manuel Letona, acompañado en la empresa por los franceses Emile Dorá, profesor de pintura y el profesor de litografía Auguste Feussier.
A partir del ilustrativo y documental primer apartado, el cuerpo principal del ensayo lo conforman los siguientes catorce capítulos y una conclusión final (muy apresurada y poco enjundiosa por cierto), en las que se demuestran y eventualmente se documentan las corrientes del movimiento modernista en los albores del siglo XX.
En su primera etapa, el ensayo nos informa de las distintas expresiones de los artistas salvadoreños de la época (1900-1921) que buscan no sólo manifestarse de forma independiente de Europa, sino cuyas ambiciones se caracterizan por la búsqueda de una institucionalidad que a su vez exprese una identidad estrictamente salvadoreña. Los referentes fundacionales presentados en tales casos son la Academia de Spiro Rossolimov, la empresa Luissi y Ferracutti, y el primer intento nacional del artista salvadoreño Carlos Alberto Imery, fundador de la Escuela de Artes Gráficas de El Salvador, aspiración categórica a una visión y un lenguaje propio del arte salvadoreño.
La cronología del ensayo nos ofrece un testimonio de gran valor histórico, la cual viene adelantada con sugestivos títulos que informan del contenido a partir del segundo capítulo: El modernismo y el Estado liberal, La empresa de Luissi y Ferracutti, Los años veinte, Romanticismo y paisajismo nacionales. A partir del capítulo tres la autora va lúcidamente documentando la búsqueda de los artistas salvadoreños de una identidad nacional, y examina cuidadosamente las influencias de nuestros artistas como es el caso de la innegable huella mexicana en la escuela de los Independientes. Por otro lado, las etapas del desarrollo artístico salvadoreño vienen excelentemente documentadas y puestas en el contexto histórico, político y cultural de su época, tal es el caso de los años treinta, y la influencia e incidencia de la academia del español nacionalizado salvadoreño Valero Lecha sobre toda una generación de artistas salvadoreños, la cual aún puede apreciarse en la actualidad.
Sin embargo, es a partir del capítulo trece que el ensayo comienza a padecer de una especie de “premura” en su encuadramiento académico, y más bien recuerda a otros intentos documentales que le anteceden, en el sentido que pierde su brillantez estudiosa para convertirse en una especie de “ficha biográfica” más bien informativa, pero que en poco o nada ilumina el entendimiento de la obra de los artistas bajo estudio. A mi juicio, es éste un padecimiento general en la obra académica crítica de los países centroamericanos, resabios de viejas formas de analizar la cultura, en donde todavía puede apreciarse un insidioso nepotismo que ya no puede tener cabida en los tiempos que corren. Lo cierto sin embargo, es que si bien esta crítica no es acogida con benevolencia por los encargados de editar el texto en su forma definitiva, confío que la apreciación crítica sea tomada en cuenta para bien del libro en su formato final.
Por lo demás, este ensayo ayuda de forma considerable al conocimiento de la historia y los procesos del arte salvadoreño, e ilumina enormemente la labor de sus oficiantes y sus singulares lenguajes y expresiones. De igual forma creo que puede ser considerado como el punto de partida definitivo de una discusión especializada sobre la versión histórica del arte salvadoreño.
Confío pues, como dije al principio, que la aparición de este ensayo en su forma final de libro en el ámbito historiográfico salvadoreño, se convierta en un punto álgido de encuentro para todos aquellos que apreciamos el lenguaje de las artes plásticas, y como una forma de insertarnos en un diálogo artístico más amplio en el mundo; todo ello para bien de nuestros desatendidos artistas nacionales, y para aquellos que ahora empiezan a incursionar en los procesos del arte y sus misterios.
| Armando Molina, es el editor ejecutivo de LATINOVISION Media, y director de revista VOCES de California.
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De Astrid Bahamond Panamá
Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI). El Salvador, Centroamérica. 1a. Ed. 2012
Por ARMANDO MOLINA
Fue por medio de mi amigo el artista plástico y crítico de arte Romeo Gilberto Osorio, que llegó casualmente a mis manos en San Francisco el texto que ahora me propongo comentar. Digo ‘texto’ a propósito, pues el original en mención aún no ha sido enteramente editado ni tampoco ha llegado a su formato final de libro para su distribución y venta comercial. Desde ya confío no obstante, que este último proceso será tan sólo una mera transacción técnica editorial, pues si nos remitimos al valioso contenido, éste expone de manera brillante y formal lo que sin lugar a dudas se convertirá en un esencial libro de referencia para las futuras generaciones de artistas salvadoreños, y, principalmente, documento obligatorio de estudio para los emergentes historiadores del arte salvadoreño.
No sería desacertado afirmar que muy pocos salvadoreños conocen el origen de lo que podría llamarse ‘arte formal’ (o clásico) en El Salvador. De la misma manera que sería difícil, aún para un estudioso o un practicante de la materia, trazar una cronología exacta de los procesos del arte en El Salvador y del desarrollo artístico de la pléyade de artistas que han laborado bajo difíciles condiciones de trabajo y, ya no se diga, de aceptación en el medio social salvadoreño, situación que aun prevalece en la actualidad.
Y es que hasta hace apenas una década atrás era monstruosamente difícil en El Salvador imaginar la tarea de investigar, organizar, verificar y editar (por primera vez en muchos casos) el resultado de tan vasto ensayo. Proyecto por demás necesario en el ámbito de la historia del arte del país centroamericano, ya que su objetivo primordial es constatar las vertientes estéticas de la experiencia salvadoreña en las artes plásticas, contemplada y analizada exhaustiva e históricamente, para así dejar un formidable documento donde se registren sistemáticamente los esfuerzos de varias generaciones de artistas, comenzando desde los orígenes autónomos de la historia patria, pasando minuciosamente por la modernidad y el siglo XX, hasta llegar a la desconcertante y críptica posmodernidad del mundo globalizado actual.
“Procesos del arte en El Salvador Siglo XX-XXI” es el magnífico fruto de investigación académica elaborado por la historiadora del arte Astrid Bahamond Panamá, profesional de reconocida y amplia trayectoria en el ámbito intelectual de El Salvador, y comisionado por la Asociación de Artistas Plásticos de El Salvador, ADAPES. En este ensayo, la autora ha llevado a cabo un cuidadoso y bien logrado documento que se adhiere a los más estrictos cánones de la historiografía del arte actual. Se desprende de la introducción la génesis de tan valioso documento, remontándose al año de 1999 cuando un grupo visionario de artistas en ADAPES tuvo la feliz y audaz idea de realizar un libro que recopilara los hechos más relevantes en los procesos del arte y del quehacer artístico de El Salvador.
Lo cierto es que la obra lograda es brillante en su ejecución y amplitud de visión, no obstante ciertas fallas de tipo editorial de las que adolece, que estoy seguro serán corregidas una vez el texto entre en su fase editorial final.
El libro se conceptúa estructuralmente a partir de una introducción de la autora en la cual se resume y comenta el objetivo central del ensayo: acercar al lector a la obra de los artistas salvadoreños que han protagonizado el desarrollo de las artes plásticas del siglo XX, matizado el producto a través de instancias y apartados donde se examinan movimientos estilísticos, generacionales y temáticos. Así, en palabras de su autora, ella afirma con propiedad: “Este ensayo se sustenta en un discurso guiado por la prevalencia de los fenómenos que definen los paradigmas de nuestra moderna cultura visual, evidenciados en los distintos lenguajes plásticos que materializan la búsqueda de un auto-conocimiento manifestado en mensajes artísticos que indagan en el pasado histórico y reafirman la identidad nacional”.
Es obvio entonces que el propósito explícito del ensayo es reflejar de modo oficial un documento sobre la historia de los procesos del arte salvadoreño, a partir de la independencia de España de la nación salvadoreña, con todas sus particularidades e idiosincrasias. En ese mismo texto de apertura se expresa que su contenido es el resultado de una minuciosa investigación realizada en diversidad de documentos históricos y de olvidadas referencias (ahora rescatadas), y de conversaciones con varios de los mismos artistas vivos contemplados dentro del ensayo.
Como ya ha sido observado, el libro parte desde el nacimiento de la República de El Salvador como nueva sociedad independiente, cuyas ambiciones demandan no sólo un comienzo político-económico, sino también una gestación estética que sirviera de contrapeso a las exigencias de la iglesia y sus enseñanzas bíblicas, y como una respuesta a la fastuosidad manierista del barroco europeo imperante durante la época. Así, la autora hace un minucioso recorrido de este desarrollo estético por El Salvador colonial, enmarcando el progreso del arte salvadoreño dentro de los movimientos dominantes de la época: el barroco, el neoclasicismo y la iconografía religiosa, manifestadas particularmente en la arquitectura pública urbanística donde además de la imaginería bíblica se aprecian tendencias eclécticas de orden dórico, jónico y corintio, acompañadas de imágenes extraídas de la mitología griega y latina. Asimismo, en su recorrido la autora documenta las figuras más relevantes del ámbito artístico de la época, tal es el caso del mitológico pintor Francisco Wenceslao Cisneros, cuyo talante y aportación al arte salvadoreño se dimensionan más nítidamente en el contexto de la historia de El Salvador del siglo XIX. En este mismo capítulo se documentan los primeros intentos de creación de centros artísticos de enseñanza, como la Escuela de Dibujo de 1811 y la Academia de Bellas Artes fundada en San Salvador en 1864 bajo la dirección del artista salvadoreño Manuel Letona, acompañado en la empresa por los franceses Emile Dorá, profesor de pintura y el profesor de litografía Auguste Feussier.
A partir del ilustrativo y documental primer apartado, el cuerpo principal del ensayo lo conforman los siguientes catorce capítulos y una conclusión final (muy apresurada y poco enjundiosa por cierto), en las que se demuestran y eventualmente se documentan las corrientes del movimiento modernista en los albores del siglo XX.
En su primera etapa, el ensayo nos informa de las distintas expresiones de los artistas salvadoreños de la época (1900-1921) que buscan no sólo manifestarse de forma independiente de Europa, sino cuyas ambiciones se caracterizan por la búsqueda de una institucionalidad que a su vez exprese una identidad estrictamente salvadoreña. Los referentes fundacionales presentados en tales casos son la Academia de Spiro Rossolimov, la empresa Luissi y Ferracutti, y el primer intento nacional del artista salvadoreño Carlos Alberto Imery, fundador de la Escuela de Artes Gráficas de El Salvador, aspiración categórica a una visión y un lenguaje propio del arte salvadoreño.
La cronología del ensayo nos ofrece un testimonio de gran valor histórico, la cual viene adelantada con sugestivos títulos que informan del contenido a partir del segundo capítulo: El modernismo y el Estado liberal, La empresa de Luissi y Ferracutti, Los años veinte, Romanticismo y paisajismo nacionales. A partir del capítulo tres la autora va lúcidamente documentando la búsqueda de los artistas salvadoreños de una identidad nacional, y examina cuidadosamente las influencias de nuestros artistas como es el caso de la innegable huella mexicana en la escuela de los Independientes. Por otro lado, las etapas del desarrollo artístico salvadoreño vienen excelentemente documentadas y puestas en el contexto histórico, político y cultural de su época, tal es el caso de los años treinta, y la influencia e incidencia de la academia del español nacionalizado salvadoreño Valero Lecha sobre toda una generación de artistas salvadoreños, la cual aún puede apreciarse en la actualidad.
Sin embargo, es a partir del capítulo trece que el ensayo comienza a padecer de una especie de “premura” en su encuadramiento académico, y más bien recuerda a otros intentos documentales que le anteceden, en el sentido que pierde su brillantez estudiosa para convertirse en una especie de “ficha biográfica” más bien informativa, pero que en poco o nada ilumina el entendimiento de la obra de los artistas bajo estudio. A mi juicio, es éste un padecimiento general en la obra académica crítica de los países centroamericanos, resabios de viejas formas de analizar la cultura, en donde todavía puede apreciarse un insidioso nepotismo que ya no puede tener cabida en los tiempos que corren. Lo cierto sin embargo, es que si bien esta crítica no es acogida con benevolencia por los encargados de editar el texto en su forma definitiva, confío que la apreciación crítica sea tomada en cuenta para bien del libro en su formato final.
Por lo demás, este ensayo ayuda de forma considerable al conocimiento de la historia y los procesos del arte salvadoreño, e ilumina enormemente la labor de sus oficiantes y sus singulares lenguajes y expresiones. De igual forma creo que puede ser considerado como el punto de partida definitivo de una discusión especializada sobre la versión histórica del arte salvadoreño.
Confío pues, como dije al principio, que la aparición de este ensayo en su forma final de libro en el ámbito historiográfico salvadoreño, se convierta en un punto álgido de encuentro para todos aquellos que apreciamos el lenguaje de las artes plásticas, y como una forma de insertarnos en un diálogo artístico más amplio en el mundo; todo ello para bien de nuestros desatendidos artistas nacionales, y para aquellos que ahora empiezan a incursionar en los procesos del arte y sus misterios.
| Armando Molina, es el editor ejecutivo de LATINOVISION Media, y director de revista VOCES de California.
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