Noche del ermitaño ▪︎ Ricardo Lindo (cuento)
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| ARTE: Salvador Choussy (ESA), dibujo |
L I T E R A T U R A
El fraile comenzó a escribir: "Con la parte de otoño que a mí me corresponde en la Provincia de San Salvador, en el año de gracia de 1538, relato..."
Una rotura larga interrumpe aquí el pergamino del fraile. También su pergamino parece ahora una hoja de otoño, y las líneas de tinta parecen las nervaduras de esa gran hoja seca.
Ya en su segundo viaje a las islas del Caribe, Cristóbal Colón había traído dos frailes astrólogos. Después vinieron otros a América, monjes que tenían algo de magos y otro tanto de sabios.
Eran los guardianes de la ciencia de Oriente, la de ésos árabes y judíos que los Reyes Católicos echaron de España, no obstante haber financiado los últimos, en buena parte, las carabelas del Descubrimiento, En cuanto a los astrólogos, se vieron asociados dsde un comienzo a la empresa del navegante genovés, pues con su influencia inclinaron la balanza de los Reyes en favor de Colón, poniendo mucho en el platillo de la Reina, quien, verdaderamente, nunca empeñó sus joyas.
Los sostenía una idea, aprendida de esos sabios de Toledo que con las cabezas envueltas en turbantes escrutaban la profundidad de la noche. La idea, ajena al vulgo, era considerar al mundo como una esfera, que los monjes creían más bien pequeña, inmóvil, situada en el centro del Universo. En torno girarían el sol, la luna y los planetas, como un mecanismo de relojería.
Así, cuando Colón regresó a la corte a dar noticia de las tierras descubiertas, ellos vieron confirmados sus conocimientos de los que, por otra parte, apenas dudaban. Y cuando pudieron venir al Nuevo Mundo, no dejaban España con amargura, como los árabes y los judíos, sino con ansia investigadora, más que de conocer nuevas tierras, de conocer nuevos cielos.
Qué de extraño entonces que el hidalgo don Pablo de Peñaranda de Bracamonte, noble venido a menos, sin bienes de fortuna, sospechoso de tener sangre árabe, fraile y astrólogo, ya en edad otoñal, llegara a Cuzcatlán en los albores de la Conquista, y escribiera cuanto vio de los cielos.
Sabemos que no vivió largo tiempo en nuestras tierras. Acusado de ponerse babuchas y turbante para ver el firmamento, fue condenado por la Inquisición y quemado vivo. Pero él apenas se dio cuenta, pues era de noche, y observaba los astros mientras ardía la pira. Quizás escuchaba, como tanto había deseado, la música de las esferas. Quizás descendieron a recogerlo sus amadas constelaciones. No se quejó, en todo caso, pero lamentablemente para la historia sus escritos corrieron la misma suerte que él. De sus haberes sólo se salvaron sus babuchas, que al parecer pasaron a manos del anticuario don Hermógenes Pérez en fecha reciente, y se salvó la página que van a leer, parcialmente consumida por el fuego, única hoja de otoño en una latitud donde el otoño es un desconocido.
II.
"... Y yo, pobre ermitaño, dado a las cosas de la astrología, he de confiar al papel las cosas que vi, no para honra mía, sino para servicio de quienes aman lo que atañe a los astros.
Mi oficio es predicar en estas tierras nuevas la doctrina del Evangelio. Innumerables veces he celebrado la santa misa en un claro del bosque, entre el chillido de los monos y el canto de los pájaros, rodeados por indígenas que se acercaban a ver con admiración el trabajo de la casulla, las campanillas y el sagrario, y escuchaban el latín de la misa como quien intenta descifrar el lenguaje de las aguas y el viento.
Sus semblantes oscuros observaban la milagrosa ceremonia con apasionada inquietud, cargados de reservas y anhelos.
Parecierónme ignorantes e inocentes, como los animales y los niños.
Y en las claras noches de diciembre, me dediqué al cuidado de las estrellas.
No he visto en otras tierras noches a tal extremo luminosas. Es tan claramente visible el río de la Vía Láctea que aun antes del nacimiento de la luna uno proyecta sombra.
He visto aquí constelaciones que no se hallan consignadas en los mapas, y he intentado pergeñar sus dibujos sobre un globo celeste.
Cómo he deseado, año tras año, la luminosa llegada de diciembre, para observar, tendido sobre la hierba, las altas estrellas.
He puesto en el dominio de la noche cuanto hay en mí de vida y de verdad, ermitaño aliado a los astros. Cristo sonríe en los cristales de la noche, y mueve el aire de las constelaciones.
Pasado el formidable tiempo de aguas llegan los vientos de Octubre que van barriendo nubes por el cielo, y la atmósfera se va preparando para la fiesta de las maravillosas estrellas. El dorado verano se ha instalado, y se prolongará seis largos meses.
Una tarde, inclinado sobre un mapa del cielo, fui interrumpido en mis meditaciones por un indígena amigo mío. El indio examinó el mapa con atención, y me hizo numerosas preguntas. Me dijo que a él también le interesaban las estrellas, y que me llevaría a un sitio desde donde se ven mejor que en otras partes.
Pocos días después fuimos a un lago que lleva por nombre lago de Güija. Tomamos un cayuco que él manejaba con un solo largo remo, que tenía paletas en ambas puntas, según la usanza de aquí, y llegamos a una isla llena de grandes piedras con grabados, la cual isla en su lengua es llamada Igualtepec. Llamarónme la atención esos grabados, que eran represenaciones de muy extraños animales, serpientes sobre las que parecían cabalgar muchos niños divertidos, un hombre de una pierna que él llamaba Hurakán, guacamayas y monos con orejeras, como esos adornos que se ponían los papas de entre los indios.
Brillaban las estrellas. Subimos a la cúspide de la isla, que tiene forma de montículo, y vi en lo alto una pirámide.
Sin que mediara causa aparente sentí en la frente algo como un golpe. Descendí viendo piedra por piedra y comprendí que esas inscripciones eran diseños de constelaciones y cálculos astrológicos, según el arte extraño de los indios, que súbitamente fueron dados a mi entendimiento. Esa era la obra de los sabios de esta tierra, indios que yo, y otros como yo, creyeron er simples como los animales".
| Ricardo Lindo, connotado poeta y escritor salvadoreño (San Salvador 1947 - San Salvador 2016). Es el autor de los poemarios Jardines, Rara Avis, el libro de cuentos Lo que dice el Río Lempa al que pertenece este relato, y de la novela histórica Tierra. Falleció en San Salvador en octubre de 2016.



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