El teatro y su otro ▪︎ Luis de Tavira

Luis de Tavira, dramaturgo, director, ensayista y crítico de teatro mexicano
/ FOTO: Secretaría de Cultura, Gob. de México.

V  O  C  E  S    

El teatro y su Otro

Por LUIS DE TAVIRA


Si nos detenemos un momento para intentar sustraernos al vértigo noticioso del suceso mundial y sus frenéticas transformaciones ideológicas, inmediatamente nos descubrimos espectadores de un simulacro inverosímil, sobrevaluado por alguna campaña publicitaria subliminal y orwelliana –en un sentido más terrible del que ya tenía lo orwelliano apenas hace cinco años.

Desconfiamos: Los Grandes Cambios son una puesta en escena cosmopolita y mercantilista, un montaje de imágenes pregrabado, destinado a una premeditada estetización del mundo. Un mecanismo a través del cual nada se desdeña para “culturizar” un discurso capaz de reproducir la historia en reliquias museales, mercancías del pasado.

Si como parece, es cierta la paradójica expresión de Baudrillard: “El sistema funciona menos en virtud de la plusvalía de la mercancía que gracias a la plusvalía del signo”–es porque antes el arte y la estética se extraviaron en una confusión delirante que convirtió el valor estético en objeto de inflación, al juicio estético en especulación mercadotécnica, a la crítica artística en llamarada publicitaria y al placer estético en reflejo pavloviano.

El teatro de nuestros días corre un mayor peligro que el del pasado inmediato, cuando los medios masivos parecían sentenciar su desaparición. Entonces, como en muy pocas ocasiones de la historia, el teatro reaccionó con insólita vitalidad, creatividad y poder de transgresión. Sin embargo, hoy, sus vanguardias se han agotado en el éxtasis de sí mismas; la teatralidad se va inmovilizando en su propio vértigo de sobrevivencia, en la inercia de una riqueza que no consigue superar y parece girar en una recurrencia cada vez más acelerada. Frente a los obstáculos que lo amenazaban de muerte, el teatro reaccionó teatralizándolo todo; teatralizó el cine, la televisión, el teléfono, la incomunicación. Pero a su vez, el sistema teatralizó la realidad; la política se estructuró como espectáculo, el sexo como show publicitario, la cultura se articuló en una sintaxis teatral.

Desde su origen, el teatro convirtió al hombre en espectador de sí mismo a partir de la confrontación verificada entre realidad y ficción, catarsis y anagnórisis; pero cuando la realidad se identifica con la ficción y la usurpa, cuando el acontecimiento se reduce a simulacro, cuando todas las ciudades se convierten en Disneylandia, las guerras en películas, los protagonistas en imagen, la historia en espectáculo, ¿qué le queda a la ficción-ficción? ¿Simular que es real?, ¿ser más real que lo real?, ¿hiperreal?, la pintura imitará a la fotografía?, ¿el teatro imitará al cine y la televisión?, ¿el drama al periodismo? La tentación es grande, el peligro es mayor; es como mirar a la Medusa y quedar petrificado.

El teatro ha asimilado todos los modelos de representación, todos los modelos de antirrepresentación; ha transgredido las fronteras del teatro y del antiteatro, el teatro-danza, la danza-teatro, el teatro de la palabra y el teatro sin palabras, el teatro pobre, y la fiesta de las artes. El teatro como el mundo, ha vivido intensamente –según la expresión de Baudrillard– la orgía total.

Sólo que a diferencia de las otras cosas, el origen del teatro fue precisamente orgiástico.

Los experimentos que lograron la revitalización del teatro no consiguieron la anagnórisis de la vida cotidiana, la transformación de la realidad y la conciencia, según la utopía estética de la modernidad. El teatro como las otras artes, ha contribuido, a través de los medios, a una estetización que, en la circulación de las imágenes, resulta más bien una transestética de la banalidad.

Luis de Tavira, dramaturgo y director de teatro

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En el origen y en un pasado no tan remoto, la utopía teatral se inscribía en un paradigma religioso y espiritualizador. La levadura que salvó al teatro de la absorción de los medios masificantes. Fue su función personificadora.

Si todo se teatraliza, si todo es teatro, nada es teatro.

Aparece una certeza: para sortear este nuevo peligro, el teatro debe traspasar sus propios límites, transgredir sus propias fronteras.

El único futuro imaginable para un teatro vital y vigente radica en la extensión hacia su Otro, su opuesto, su ser distinto, transteatral.

En los años de los experimentos se urgía a la construcción de un Nuevo teatro. Hoy lo nuevo ha dejado de ser un valor; pero sobre todo se ha convertido en un propósito ineficaz, porque para buscar lo nuevo ha dejado de ser novedoso.

La alternativa más banal e ilusoria ya se está explotando con fruición inusitada y con entusiasmo fallido: volver hacia atrás; declarar el proyecto teatral de la modernidad como un teatro inacabado e intentar retomar el curso de la tradición en donde estaba antes del surgimiento de las corrientes renovadoras. O peor aún, pretender volver a las fuentes mismas de la teatralidad a partir de paradigmas antropológicos hipotéticos, esotéricos, en todo caso artificiales.

Su ineficacia es rotunda simplemente porque es imposible. No hay regreso posible; negar la historia es tan ilusorio como negar la esencia de lo teatral la temporalidad, el movimiento, el conflicto, el cambio.

He aquí el desafío actual del teatro: Expresar principalmente lo Otro, lo no estetizado, el contenido del cambio.

Si el teatro es capaz de producir un avance epistemológico, un progreso de la crítica del conocimiento, del modo de ver o del modo de ocultarse la realidad, será capaz de ubicar sus nuevas fronteras en la dialéctica realidad-ficción que es su principio y fundamento.

Pero si en cambio sólo traspasa sus límites formales, estetiza lo que le resulte simpático, convierte en dramaturgia lo que sólo es mera estrategia narrativa, entonces sólo conseguirá formalizar lo concreto y perderá la gran ocasión de ejercer la dialéctica negativa que es su poder profundo y terminará perdiéndose a sí mismo.

Así como en sus días Artaud señala la ruta de la recuperación del teatro perdido entre los senderos alquímicos de su Doble, hoy en día parece necesario rescatar al teatro de la inercia, para orientarlo ya no hacia lo nuevo, sino hacia su Otro, para salvarlo del hastío y que sea capaz de escaparse del infierno de lo Mismo.




| Luis de Tavira, dramaturgo, director, ensayista y crítico de teatro mexicano. Fue fundador del grupo Teatro Taller Épico de la UNAM y profesor de actuación en la misma universidad. Fue acreedor del Premio Nacional de Ciencias y Artes en 2006. Actualmente vive y trabaja en Ciudad de México.

© Luis de Tavira, 1994

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▪︎ Originalmente publicado en el Suplemento VOCES, artes y letras, del periódico Horizontes, de San Francisco, California. (01/04/1994).

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