Roland La Rose (cuento) ▪︎ Armando Herrera

ARTE: Yanira Elías (ESA). 'Rosso alissarin', acrílico sobre tela. 2015

[ C u e n t o ]


ROLAND
     LA ROSE
Por ARMANDO HERRERA


HACE muchos, pero no tantos años, llegó a estos lugares de Dios un hombre más blanco que la luna de mayo. Chapuceaba una pisquita el idioma nuestro. No, no era gringo. Decían que había venido de la lejana Francia y que hablaba francés. Era un don simpaticón, de pelo negro y ojitos grises de piedra de río; ni alto ni bajo, eso sí, con una pancita de capitán de barco. Vestía shorcitos y camisas pijocolores, nunca se bajaba unas chancletas negras chucas.

Desde que salía el sol hasta bien entrada la tarde, el extranjero recorría las playas del Golfo, de oriente a poniente, y al contrario. Recogía piedritas de diferentes clases y tamaños; algunas las colocaba en una bolsa plástica verdemar.

El señor de la Francia vivió aquí por más de tres años. Casi no se metía con nadie. Sólo pasaba caminando y reuniendo piedras, día a día, semana tras semana. Por la noche se encerraba en un ranchito que le había alquilado la María Carmen, a tomar cerveza, cachimbo de cervezas y a escribir, a saber qué, en un cuaderno gordo buey. El marido de la María Carmen afirmaba que el franchute era científico, además buena gente porque le pagaba el servicio con billetes verdes, igual que los que reciben los de Intipucá.

Los habitantes de estas tierras calurosas nos consternamos cuando mataron a la familia enterita de Gumercindo. Ellos venían de visitar a unos amigos de Puerto Parada recién llegados de Dallas. El Toro Medina, motorista del camioncito donde viajaban, y el único que se salvó de la matanzinga, nos contó que el padre de Gumer, su mujer y siete hijos, regresaban contentísimos. Y no era de menos. Traían un penco de regalos enviados por el tío Toño: ropa nueva y usada, un compacto amarillo, un televisorón a colores, chingo de cajas con gaseosas y cervezas enlatadas, leche en polvo de la buena, vasos, platos; y hasta una planta eléctrica nuevecita y garantizada. En la curva de los Merino, unos bandidos armados los pararon y, sin avisar, los rafaguearon. Medina se libró porque por algo le apodan el Toro.

Al Gumercindo no le tocó porque el Todopoderoso es grande, por trabajador y evangelista. El mero día del asalto él se encontraba allá por los mares de Nicaragua, camaroneando con los de la cooperativa de los Martínez.

Toda la vida Gumercindo fue un ejemplo, bueno, no siempre. Hasta por los 13 años era un cipotío laborioso, buen hijo y hermano, cherada, religioso, cumplidor de los Mandamientos. Cada vez que podía se iba el mar a pescar y, cuando permanecía en tierra, cada noche asistía a las pláticas del Pastor. Pese a ser enclenque, bajito y paliducho, era fuerte y animala de los cabales. No bebía ni fumaba, y no andaba correteando a las muchachas. Al irse a su familia él quedó solo, solito en este mundo de pecado.

Todos nos alegramos al saber, por medio de la María Carmen, que el señor de la Francia había dispuesto a hacerse cargo del infortunado huérfano. El científico tenía ya alrededor de dos años de vivir por acá. Aunque él era un tanto orgulloso, la gente lo respetaba. Nos contentamos porque es humano que, al caer en desgracia, alguien le ayude a uno. Varios decían que el apaleado Gumercindo se la había calado; que hasta era posible que un día el señor adoptante se llevara al muchacho a esos países donde nunca faltan las tortillas y todos mueren a los doscientos años, cuidaditos y perfumaditos.

La noticia la conocimos un dos de marzo. De rigor las mujeres y no pocos hombres católicos de estos caseríos, celebramos un rezo con tamales de tiburón dedicado a San Heraclio, San Jovino, San Ceadlo y San Lorgio. Sí, a todos ellos para que ningunito se nos enojara.

Gumercindo, pues, se fue a vivir con el francés.

De talegazo el joven cambió de vida. Ya no fue a pescar al mar, y suspendió sus visiteras a la casa iglesia del Pastor. También cortó sus relaciones con la cherada de antes. Día y noche acompañaba al señor de la Francia. Unos criticaban a Gumer, la mayoría no, decían que el flacucho se convertiría en un científico.

Transcurrieron los meses con tiempo de mar, y una noche aconteció algo raro. Fue antes de fin de año. Los Mendoza convocaron a un fiestón para el casamiento de una de sus hijas, la Lupita. Ese día se mandaron. De San Salvador y Estelí trajeron a varios obispos para cuestiones del matrimonio; de Honduras vinieron dos combos garífonos, Y de Guate una orquesta chapina. Por la tarde comimos carne de res, de tunco, pizza migueleña, pastel de manzana de California. Nada de pescado y esos chunches de mar. El guaro no hizo falta. Uno solo tenía que ir a una mesa largota, cubierta con un mantel rojo, ahí también había botellas coloridas. Unos caballeros vestidos de negro servían con generosidad. Y por la noche, qué bonito. Luces y sonidos. La parte de la concurrencia se había puesto la ropita que viene de los Estados. La Lupita parecía un Ángel del cielo, la reina de las sirenas de los mares. Nadie olvidará los Mendoza, ricos, buena gente. No hay quite, fue una grandiosa pachanga.

Y atracó lo raro. Era medianoche. La orquesta chapina nos deleitaba con unas cumbias que invitaban a mover el bote. De repente apareció Gumercindo, vestido de azul, bien peinadito y con unas botas negras brillantes. Se acercó al cantante de la orquesta y le pidió Palo de Mayo. La asistencia se sorprendió porque él había entrado así por así. Ya nadie bailó y nos silenciamos.

Gumercindo empezó a bailar con lentitud cadenciosa. Y pucha, el baboso movía los brazos como mujer, la cabeza como mujer. No creíamos lo que veíamos. En el momento que los músicos chapines tocaban un revoltijo acelerado, puso en movimiento sus nalguitas a cien nudos por hora; con sus manos hacía gestos de picardía bajera.

El cabroncito terminó la danza con un estilacho de putita de puerto. Sacó un pañuelo blanco de una de sus bolsas pantaloneras, se limpió la cara y con voz chillona dijo: “Gracias señores por su gentileza y fina atención. Aprovecho la ocasión para anunciarles que Gumercindo ha muerto. Desde hoy soy Roland La Rose”. Lanzó una carcajada y se retiró como había entrado, lento, a lo pavo real, ignorando a la concurrencia.

Por un momento la fiesto tuvo un bajón. La orquesta continuó musiqueando, pocos bailaban. La majada comentaba lo sucedido. El chavalo se había volteado, y no había ninguna duda, el responsable era el señor de la Francia. Por la madrugada el gruperío solo hablaba de la conversión. La niña Lupita, hembra inteligente y muy estudiada ya que vivió varios años en Washin, repetía a cada rato, Roland La Rose. Ella lo pronunciaba bonito, pero nunca como lo hizo Gumer al final del Palo de Mayo.

Amaneció y seguimos conversando del asunto. Unos decían que era forzoso castigar al extranjero y rescatar al muchacho. Otros que no había que hacer nada porque si el imberbe se había trasladado al bando de las damas era asunto de él. Por todos lados hacía propuestas duras y suaves. Un seguidor del Pastor sin vacilar sugrió quemar a los dos, al francés y a Gumercindo, por diablos y por féminas.

Nosotros no tenemos nada contra la mariconería. Realmente no nos molestaba que Gumer fuera marica, lo que nos perturbaba era la forma en que llegó a serlo. Si a uno le sale un cipote maricón, con la mano doblada, es la voluntad de Dios. Él habrá dicho: “Este ser nacerá hombre, pero será mujer”. Sí nos jodía que un extraño de las lejanías viniera y le diera la voltereta a un varón de la comunidad.

ARTE: Yanira Elías (ESA). Sin título, acrílico y pan di oro sobre tela. 2015

Pasamos un mes en la discutidera. No hallábamos qué hacer cuando acaeció algo trágicovergón. Un domingo mientras los católicos y los evangélicos estábamos en la primera misa oímos el ruidón de helicópteros. Como ya no había guerra nos asustamos y salimos, con el perdón de Dios, corriendo para ver qué ocurría.

Tres grandes helicópteros, de esos que tienen tres hélices, aterrizaron al mismo tiempo en la playa. Se bajaron en actitud combativa cinco sujetos de cada medio. Traían uniformes negros y cada uno portaba una Uzi en posición de tiro de ráfaga. Ninguno de ellos, ni los helis tenían distintivo. Sin dificultad se adivinaba quién era el jefe, un negrote más cholo que el Toro Medina. Los sujetos se tiraron al suelo y avanzaron en arrastre, a lo tigrillo cazador de gallinas. Había tres negritos más, los otros eran más blancos que la orilla del mar, y el pelo les brillaba como el oro que nunca hemos visto.

Culebreando llegaron hasta el rancho del francés, varios de ellos se ubicaron en actitud defensiva, los demás se levantaron y entraron con violencia de ola de tormenta al objetivo.

Rapidito salieron. Dos hombres, tan altos como palos de coco, llevaban apresado al francés, cuatro cargaban las cajas donde el científico guardaba las piedras, y uno con el cuaderno gordo buey. A lo comando se subieron a las naves. Despegaron y volaron a saber a dónde.

Todo el plueberío se encaminó al rancho. Queríamos ver si Gumercindo estaba muerto o lisiado. Y si todavía era viviente, que nos dijera qué había pasado. Al cipote lo hallamos en una esquina, acurrucado, cherche del susto, llorando como loca mujer. Unos le preguntaron, “¿qué pasó, Gumercindo?” El muy tonto no dejaba de llorar, y nos gritaba: “Nada, nada, déjenme solo, váyanse de aquí. Yo no me llamo Gumercindo, soy Roland La Rose”.

Neciamos un rato, pero el llorón seguía en trance. Nos retiramos inventando un montón de cosas, y pensando en que, gracias a los santos, los diablos se habían llevado al señor de la Francia, y el huérfano volvía a quedar solo, solito y culispipian.

Por la tarde los católicos fuimos a la misa pendiente. En la iglesia la vecindad acordó darle comida al solitario y dejarlo llorar cuanto quisiera. Eso es saludable, calma el espíritu y limpia la sangre.

Por una semana le estuvimos dejando alimentos al desdichado. Este seguía lloriqueando y encaprichado. Al noveno día de estar con ese trajín, los bichos que llevaban los frijoles se toparon con la nada.

El Gumer se había ido. Por tres días lo buscamos en las playas, esteros, montañas, pedregales, ríos, cielos y mares. Roland La Rose había desaparecido, quizás para siempre.

Lentamente corrían los meses, los años. Nada cambiaba, todo seguía igual. Ya nadie se acordaba de Roland La Rose. Solamente reparábamos que la muchachada bebía menos, y los que se embolaban con marihuana eran más. Aquí cito lo de la “mari” es maña vieja. Bien antes, unos turcos la traían desde La Unión y Usulután; tiempos atrás extranjeros trataron de fundar en estos rincones una bananera; entonces, la planta soñadora se consumía masivamente. Palabra de hombre que no vemos mal la mari, aunque no es beneficiosa que se la use con exageración. Consta que esta es opinión de católico, los evangelistas no le hacen a nada. Cada mes la majada fumadora aumentaba.

Resolvimos averiguar. Un día agarramos a la fuerza a uno de los hijos de los Martínez, y a vergazo limpio le sacamos la verdad. Investigamos que la cipotada compraba la droga cada mes a un hombre que llegaba al anochecer y se marchaba antes del amanecer. El mercader nocturno tenía una plantación propia allá por Jucuarán, el monte era barato y era del bueno. Y ese prójimo era ni más ni menos, que Roland La Rose. Productor, vendedor y marihuana se había hecho el muy cabrón.

Tomamos medidas sanitarias con la oposición de los viciados. Al comerciante de sueños le remitimos un mensaje: si volvía a asomarse le cortaríamos los huevos y el nalgatorio con una gillete.

Naturalmente ya no retornó. Un día supimos que un contingente de policías le cayó a sus plantaciones, pero no pudieron capturarlo. El avispado se les zafó. Roland La Rose desapareció nuevamente, quizás para siempre.

El tiempo se detenía en las montañas y el mar. Un día de enero llegaron a estas tierrucas, en micros y patroles, unos hombres y mujeres bien limpiecitos y arregladitos. Eran políticos. Parte de la mañana recorrieron las poblaciones, convidándonos a una concentración. Dado a que aquí no hay diversiones, asistió indiviso el gentío.

La reunión se estrenó antes de las once de la mañana. En una tarima improvisada en la placita hablaron los que la hacían de líderes. ¡Y qué divertido lo que decían! Nos ofrecían, a cambio de votos, inmensidad de chulerías: puentes, escuelas, puertos, barcotes, comida a montones, hospitales, condones, vitaminas, seguridad, bicicletas, democracia, relojes con brújulas, justicia, teléfonos con línea internacional, libertad, casas, salud, papel higiénico, religiones a escoger y cocinas eléctricas. Cada vez que un cerotío terminaba de recitar le aplaudíamos fuerte, por joder.

Subió a la tarima un semejante con cara de iguana desnutrida. Lo anunciaron como el candidato a la presidencia. La majada local se reía con disimulo porque el don, bajo el gran calorón, estaba ensaquetado, y sudaba a mares y mares.

El politicón chacharacheaba pensadas que no entendíamos. A cada rato mencionaba inflación y canasta básica. Ya nos estábamos aburriendo cuando a la placita llegó de improviso una camioneta azul, cuatro por cuatro, pitando endiabladamente. De ella se bajó ni más ni menos, que Roland La Rose.

El mundo se silenció.

Roland La Rosa lucía totalmente de blanco, hasta el sombrero y los zapatos, menos la corbata roja fuerte sandía. Ya no era cipote y la piel se le atalayaba despercudida. El cabroncito encendió un cigarrillo con un volado plateado; con elegancia de mujer de gran ciudad caminó hasta la tarima. Con delicadeza le quitó el micrófono al cara de iguana, se sonrió bien lindo, y nos dijo con una voz dulce y tentadora: “Hola, cherada. Roland La Rose los saluda. Teníamos días de no vernos, ¿verdad? Parece que siempre nos encontramos en tumultos, ¿no? Vengo de la América Chelona, por allá he trabajado duro y la he hecho de todo. No sean mal pensados. Claro que sigo siendo siempre Roland La Rose. Estaré por aquí unos días, espero que las gilletes se hallan oxidado. Les traigo unos regalitos, vámonos a la playa”.

A lo artista entregó el micrófono al presidenciable, le dio las llaves de su carro al Toro Medina y toditos nos fuimos con él.

A la orilla del mar armamos una sana jodarria. Tomamos un vino rosadito. Roland La Rose nos bendijo con todo. A mí me regaló una cajetilla de cigarros dulces y una calculadora solar. El Toro Medina se la caló, recibió como presente la cuatro por cuatro.

Noche a noche sostuvimos algarabías con Roland La Rose. Contaba sobre su vida en el extranjero, algunas seguramente reales, otras inventadas. Nos puso al día respecto al mundo y nos avisoró de los peligros actuales. Una noche de luna sol nos participó que al día siguiente se largaba. Lo despedimos de acuerdo con las ordenanzas de San Antonio Abad. Roland La Rose se fue jamás para siempre.

A estos terruños Roland La Rose viene cada seis meses. Al nomás llegar él se reúne con la amigada, y nos aliviana con algo. Luego, una semana plena se dedica a farriar con la muchachada. Es posible que se den algunos tushitos, y a él unas tocaditas de nalga, pero no importa, es nuestro partidario. Cada vez que él vuelve, aunque sea por poco tiempo, sentimos que vivimos. Sólo que cuando se marcha, nos acongojamos y nos ponemos melancólicos. Bueno, son disposiciones de Dios, y de Roland La Rose.







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| Armando Herrera, destacado periodista y narrador salvadoreño. Fue el editor de “Agenda Cotidiana” columna periodística de opinión del Diario Latino de El Salvador. También fue fundador de la organización cultural CÓDICES de El Salvador y Nicaragua. Falleció el 11 de diciembre de 2009.


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